La terapéutica farmacológica actual emplea
productos y tecnologías de introducción relativamente reciente. A comienzos del siglo XV,
y aun del siglo XX, la mayoría de los medicamentos eran remedios de origen natural, de estructura
química y naturaleza desconocidas. El desarrollo de las ciencias químicas y de la
fisiología en el siglo xv no se acompañó de manera inmediata de grandes avances
terapéuticos. En el primer tercio del siglo XX se introdujeron en terapéutica los primeros
barbitúricos, los arsenicales y la insulina, pero no fue hasta los años cuarenta cuando
comenzó la introducción masiva de nuevos fármacos que aportaban posibilidades de
curación hasta entonces inimaginables, sobre todo en el campo de las enfermedades infecciosas.
También a partir de este período se abrieron nuevas posibilidades en el tratamiento
sintomático de cuadros agudos y de enfermedades crónicas. Para citar sólo algunos
ejemplos, en 1936 se introducen las sulfamidas, en 1938 la fenitoína, en 1939 la petidina, en
1941 la penicilina, en 1943 los primeros derivados de la 4-aminoquinolina, en 1947 la estreptomicina, en
1948 la clortetraciclina y el cloranfenicol, y en 1951 la isoniacida y la procainamida.1,2 Desde este momento el número de nuevos medicamentos para uso
terapéutico aumenta de manera espectacular (véase la figura 1-1).3 Hace 40 años las especialidades farmacéuticas no
representaban ni el 25% de las ventas de medicamentos, mientras que en la actualidad constituyen la
mayor parte de las ventas de productos farmacéuticos en las oficinas de farmacia, en detrimento
de las fórmulas magistrales.
La rápida introducción de miles de nuevas moléculas en terapéutica
coincidió con otra explosión, la de la demanda creciente de servicios sanitarios,
manifestada en formas y cuantías muy diversas según los países.
Este incremento del consumo (véase la figura 1-2)4 ha sido a la vez consecuencia del desarrollo económico, la puesta
en funcionamiento de sistemas de seguridad social y la presión de los fabricantes. Sin embargo,
no ha sido uniforme en todo el mundo. Así por ejemplo, se calcula que en 1990 el gasto
farmacéutico mundial fue de entre 174.000 y 186.000 millones de dólares, de los que un 66
% se consumieron en Norteamérica y Europa Occidental.5 Estas
cifras también ponen de manifiesto las tremendas desigualdades entre países ricos y
pobres, desigualdades que han tendido a profundizarse en los últimos años (véase la
figura 1-3).6 Algunas cifras son incluso más pesimistas.7 Una parte importante de la población mundial, la que vive en los
países menos desarrollados (y sobre todo la que vive en medio rural), no tiene acceso a los
medicamentos que necesita. En los países subdesarrollados, en donde los recursos
económicos y humanos son escasos e insuficientes, a menudo no se dispone de los fármacos
más necesarios, a la vez que no es raro encontrar medicamentos de utilidad terapéutica no
demostrada o combinaciones irracionales; en 1991 el Director General de la OMS declaraba que por lo
menos se malgastan anualmente 1.000 millones de dólares en antidiarreicos, antitusígenos y
anticatarrales de eficacia no
demostrada, para el tratamiento de enfermedades diarreicas e infecciones
respiratorias, cuadros que son causa de 7,5 millones de fallecimientos infantiles anuales en estos
países.8 Al mismo tiempo, en los países más
ricos y en ciertos segmentos de población de los países pobres, se asiste a una verdadera
epidemia de todo tipo de enfermedades inducidas por fármacos, como consecuencia del uso excesivo
de tratamientos que a menudo son innecesarios.9,10
LA CONTRIBUCIÓN DE LOS MEDICAMENTOS A LA SALUD: LOS BENEFICIOS
La introducción de un número tan elevado de
nuevos fármacos en los últimos 50 años, así como su amplio uso, han abierto
sin duda nuevas posibilidades terapéuticas. Sin embargo, una ojeada a los indicadores generales
de salud no suele confirmar esta idea (véase la figura 1-4).11 Los indicadores generales dependen de numerosos factores, más
importantes que los farmacológicos, como la nutrición, las condiciones de vivienda, las
condiciones laborales, la educación, los hábitos sociales, etc. De ahí que su
examen no refleje los posibles efectos de los medicamentos, y que éstos resulten necesariamente
diluidos y en consecuencia no suelan ser identificados en este tipo de estadística.
Cuando se empleó por primera vez la penicilina, sus efectos beneficiosos
en el tratamiento de sepsis se percibieron inmediatamente sin necesidad de hacer ensayos
clínicos. Las descripciones sobre el primer uso clínico de este antibiótico
constituyen un documento de gran valor sobre el desarrollo histórico de la investigación
clínica con nuevos medicamentos.12,13 Los efectos
terapéuticos observados en los primeros pacientes que recibieron penicilina constituirían
incluso en la actualidad una razón ética suficiente para rechazar la posibilidad de un
ensayo clínico con distribución aleatoria y controlado con placebo.
Pero no todos los medicamentos o modalidades de tratamiento
tienen efectos terapéuticos tan obvios. Así por ejemplo, el efecto terapéutico de
la estreptomicina sobre la tuberculosis no era tan inmediato como el de la penicilina en la sepsis
estreptocócica y estafilocócica. En 1946 se disponía de una cantidad limitada de
estreptomicina en el Reino Unido. Esta limitación, junto a la duda sobre su posible eficacia
terapéutica, sirvió como argumento para planificar y realizar lo que se considera como el
primer ensayo clínico con un grupo adecuado de control,14,15
sobre el tratamiento de la tuberculosis con estreptomicina. En este ensayo participaron varios centros,
y en cada uno de ellos los pacientes eran distribuidos al azar en dos posibles modalidades de
tratamiento: estreptomicina más reposo en cama, o bien sólo reposo en cama. Dos
radiólogos y un clínico evaluaron las radiografías de cada paciente de manera
independiente y a ciegas. La sobrevivencia y la mejoría radiológica fueron superiores con
estreptomicina.15
Si la sintomatología de un paciente mejora tras la administración
de un medicamento determinado, en la mayoría de las situaciones es razonable dudar de la causa
real de la mejoría (que puede ser «espontánea»), de la eficacia y la seguridad
del fármaco a medio y a largo plazo, así como de las potenciales complicaciones
psicológicas, sociales y económicas derivadas de la administración de un
tratamiento farmacológico. Además, no siempre existe una correlación entre mayor
sobrevivencia y mejor calidad de vida, y las preferencias de los pacientes entre una y otra son
variables. En los últimos años se ha concedido una importancia creciente a la medida de
índices de calidad de vida y a su modificación con tratamientos
farmacológicos.16,17 Por otra parte, cuando los ensayos
clínicos realizados sobre una modalidad terapéutica determinada han incluido un
número limitado de participantes, cuando los beneficios potenciales son limitados en
términos absolutos -aunque puedan ser importantes en términos relativos- o cuando las
poblaciones participantes en ensayos clínicos son heterogéneas, aumenta la probabilidad de
cometer un error de tipo II, es decir de no identificar una diferencia real entre dos modalidades de
tratamiento. En es-tos casos el metaanálisis, es decir el análisis de los datos agregados
obtenidos en varios ensayos clínicos sobre un mismo fármaco -o grupo de fármacos-
en una misma patología -o grupo de patologías con una base fisiopatológica
común-, puede dar una información extraordinariamente útil sobre la eficacia del
tratamiento en cuestión.18-20
En este contexto es conveniente definir tres términos que se confunden a
menudo, pero que expresan conceptos a la vez diferentes y complementarios: eficacia, efectividad y
eficiencia.
La eficacia se define como el «grado en el que una
determinada intervención, procedimiento, régimen o servicio originan un resultado
beneficioso en condiciones ideales. De manera ideal, la determinación (y la medida) de la
eficacia se basa en los resultados de un ensayo controlado con distribución
aleatoria».21
La efectividad es el «grado en el que una determinada
intervención, procedimiento, régimen o servicio puestos en práctica logran lo que
se pretende conseguir para una población determinada».21
Es fácil comprender la diferencia entre eficacia y efectividad si se
toma el ejemplo de una técnica quirúrgica. El cortocircuito coronario tiene una eficacia
demostrada para disminuir la sintomatología isquémica e incrementar la esperanza de vida
en ciertos pacientes,22 pero es obvio que sus resultados en la
práctica dependen de factores que no han sido evaluados en el contexto de los ensayos
clínicos, como, por ejemplo, la habilidad del cirujano.
Análogamente, la efectividad de un fármaco en la
práctica no sólo dependerá de su eficacia «intrínseca»
-demostrada en el contexto de un ensayo clínico- sino también de la habilidad
diagnóstica del prescriptor, de las condiciones farmacéuticas del producto cuando
esté en el mercado y de un conjunto de factores, como la información dada por el
médico en el momento de prescribir, las características clínicas del paciente, las
características del centro sanitario, el uso concomitante de otros fármacos, la
personalidad del paciente, las características de su en-torno y otros determinantes, algunos
identificables y otros no (véase también la tabla 1-1). Aunque en los últimos
años se han incrementado considerablemente nuestros conocimientos sobre eficacia, se sabe
todavía poco sobre la efectividad de las intervenciones terapéuticas. Los grandes ensayos
clínicos de orientación más pragmática que explicativa, como los realizados
en los últimos años sobre el tratamiento del infarto agudo de miocardio y sobre su
prevención secundaria, son una posible aproximación para conocer la efectividad de las
estrategias terapéuticas en esta patología. Los ensayos del GISSI, en los que han
participado casi todas las Unidades Coronarias italianas,23-25
constituyen un ejemplo modélico de este tipo de evaluación.
La eficacia y la efectividad no dan una idea del esfuerzo que es preciso
realizar para obtener el resultado deseado con una intervención. Por eso se define la
eficiencia como los «efectos o resultados finales alcanzados en relación
con el esfuerzo empleado, en términos monetarios, de recursos y de tiempo», o
también como el «grado en el que los recursos empleados para procurar una determinada
intervención, procedimiento, régimen o servicio, de eficacia y efectividad conocidas, son
mínimos», o como la «medida de la economía (o coste de recursos) con la que se
lleva a cabo un procedimiento de eficacia y efectividad conocidas».21 El análisis de los costes -directos e indirectos- de las
intervenciones médicas ocupa una proporción limitada, aunque creciente en los
últimos años, en las publicaciones médicas.26,27
LOS EFECTOS INDESEABLES
En los años treinta y cuarenta, cuando la
introducción en terapéutica de las sulfamidas y de la penicilina marca el inicio de la
terapéutica farmacológica moderna, ya se conocía la posibilidad de que los
medicamentos pudieran producir reacciones adversas; por ejemplo ya se habían descrito casos de
anemia aplásica o de agranulocitosis atribuidos a medicamentos.28 Pero fue en esta época cuando se produjo el primer accidente
grave que dio lugar a modificaciones legislativas. El hecho ocurrió en Estados Unidos, en donde
se comercializó un jarabe de sulfanilamida que contenía dietilenglicol como disolvente, lo
que originó más de 100 fallecimientos.29
Un ulterior desastre terapéutico -la producción de una epidemia
de focomelia entre hijos de madres que habían tomado talidomida durante el embarazo- fue el
principal estímulo para modificar la legislación fuera de los Estados Unidos. En noviembre
de 1961 el Dr. Lenz, un pediatra alemán, informó que había atribuido un brote,
todavía en curso, de una malformación congénita extraordinariamente rara, la
focomelia, al uso durante el embarazo de talidomida, un nuevo hipnosedante al que se atribuía una
mayor seguridad que a los barbitúricos, sobre la base de estudios poco rigurosos realizados en
animales y en humanos.30-33 En diciembre de 1961 se publicó
la primera notificación de un caso en una revista médica de amplia difusión.31 La talidomida fue retirada del mercado en 1962. El número total
de casos de focomelia puede haber sido de unos 4.000 en todo el mundo, de los que casi un 15%
habrían fallecido.32 Más significativo todavía, una revisión de los trabajos
experimentales realizados con este fármaco antes de su comercialización reveló que
se habían publicado y malinterpretado datos toxicológicos insuficientes y erróneos
33 (véanse también la figura 7-3, pág. 139 y el
Capítulo 6, págs. 119-120). En Estados Unidos la normativa de registro de medicamentos era
en aquellos tiempos mucho más restrictiva que la de otros países, en parte como
consecuencia del episodio anteriormente citado del jarabe de sulfanilamida; por eso la FDA no
había permitido el registro de la talidomida y el país se libró de la epidemia de
focomelia.
A pesar de que dio lugar a una nueva percepción de los riesgos de los
medicamentos y a la modificación de algunas legislaciones nacionales, la tragedia de la
talidomida no tuvo efectos inmediatos. En los años sesenta la percepción social de los
medicamentos todavía era la de las «píldoras de la felicidad», y no era rara
la creencia -no lo es todavía en la actualidad- de que cualquier intervención
médica implica un riesgo. Lo ocurrido con el dietilestilbestrol ilustra esta
situación.
Entre 1960 y 1969 se identificaron 8 casos de una rara forma de cáncer
de vagina -adenocarcinoma de células claras- en un hospital de Boston. La aparición de
varios casos de esta enfermedad, hasta entonces prácticamente desconocida, llamó
naturalmente la atención de un grupo de médicos que tuvieron la suerte de poder consultar
las historias clínicas obstétricas de estas pacientes. El estudio de Herbst y
colaboradores y sus irrefutables conclusiones forman ya parte de la historia: las 8 historias
clínicas de las madres de estas pacientes, en 7 constaba que habían tomado
dietilestilbestrol (DES), un derivado estrogénico sintético usado para la prevenci6n del
aborto durante el embarazo, en comparación con ninguna de un grupo de 32 mujeres que
habían dado a luz en el mismo centro y en la misma época.34 El aspecto quizá más preocupante de este caso es que la
eficacia del DES para la prevenci6n del aborto no había sido demostrada, e incluso un ensayo
clínico con más de 1.600 participantes no pudo demostrar algún efecto beneficioso
del fármaco sobre el curso del embarazo y del parto.35 Desde
entonces se han identificado miles de casos de este cáncer y se ha descubierto que el uso de DES
durante el embarazo también puede dar lugar a una mayor incidencia de anomalías
estructurales del cuello, vagina, útero y trompas, esterilidad, embarazo ectópico, aborto
espontáneo y parto prematuro entre las hijas de la usuaria, así como a un incremento del
riesgo de criptorquidia, hipospadias, varicocele, hipoplasia testicular y quistes del epidídimo
entre los hijos varones.36,37
El caso del dietilestilbestrol parece algo excepcional, un accidente que no
debería volver a repetirse. Desde los años setenta las publicaciones médicas
reflejan una mayor preocupación por la seguridad de los medicamentos, y en particular por la
relación entre los beneficios y los riesgos potenciales asociados a su uso. Pero las
publicaciones médicas son un mundo y la realidad otro, a veces muy distinto y sobre todo
más resistente al cambio. Así, por ejemplo, uno de los medicamentos más prescritos
en España, la cinaricina, no tiene eficacia terapéutica demostrada en el tratamiento de
síntomas neurológicos relacionados con el envejecimiento y además su uso se asocia
a un riesgo de parkinsonismo y de otra sintomatología extrapiramidal.38-41 Otro producto, un compuesto de gangliósidos de origen bovino,
recomendado para el tratamiento de neuropatías de diversa naturaleza, pero sin eficacia
clínica demostrada en estas indicaciones, ocupa uno de los primeros lugares de consumo en Italia
y en España y su uso se asocia a un riesgo de síndrome de Guillain-Barré y de otras
polineuropatías motoras agudas.42-45 Casos similares
registrados en nuestro medio son los de la agranulocitosis inducida por el «vasodilatador
cerebral» cinepacida,46 la hepatotoxicidad por bendazac48 o las alteraciones del gusto por citiolona.48
Estos casos ponen de manifiesto la necesidad de evaluar globalmente la
relación entre los beneficios y los riesgos que se pueden derivar del uso de medicamentos, y no
sólo los beneficios o los riesgos por separado. Además, plantean la cuestión de la
necesidad de cada nuevo medicamento, sobre todo cuan-do ya se dispone de otros similares o cuando el
«problema» para el que se propone no es en realidad tal problema.
EL COSTE
A partir de los años cincuenta, y sobre todo en los
sesenta, el coste creciente del capítulo de farmacia en los sistemas de seguridad social
comenzó a ser motivo de atención para las autoridades sanitarias. La preocupación
por el coste ha sido el tercer factor -tras la efectividad y los efectos indeseables- que ha cerrado el
triángulo en el que debe basarse la evaluación del papel de los medicamentos en la
comunidad.
La preocupación por el problema del coste de los medicamentos se ha
centrado en diferentes áreas:49 la cantidad total gastada en
farmacia como parte del gasto sanitario general; el coste de determinados medicamentos o grupos de
medicamentos, en comparación con otros (por ejemplo, hipolipemiantes o fármacos para el
SIDA); la prescripción excesiva por parte de algunos médicos o centros, en
comparación con otros; el uso aparentemente excesivo en un país o una región de
determinados fármacos o clases de fármacos de utilidad demostrada y el desperdicio que
supone el uso de fármacos de eficacia no probada.
Ante estos problemas, de índole diversa pero sin duda de extraordinaria
complejidad,49,50 se han propuesto soluciones de tipo administrativo
(como control de precios, incremento de la aportación directa del usuario en los sistemas de
seguridad social, exclusión de ciertos medicamentos de la financiación de la seguridad
social, creación de formularios institucionales con listas restringidas de medicamentos
prescribibles, limitación de talonarios de recetas para los prescriptores y otras), así
como de tipo cultural (formación continuada, edición y distribución de guías
para la prescripción, boletines periódicos y otro material impreso, contacto personal a
través de «contravisitadores médicos»51,52
y otras actividades de formación continuada). Cabe constatar que en general los responsables de
la política farmacéutica y de los sistemas de seguridad social tienden a preferir las
medidas administrativas sobre las educativas; el político y el burócrata necesitan que los
efectos de sus acciones se puedan constatar de manera inmediata, y no parecen estar muy interesados en
las medidas complementarías que pueden dar resultados más tardíos, pero
también más sólidos.
LOS ESTUDIOS DE UTILIZACIÓN DE MEDICAMENTOS
Un Comité de Expertos de la OMS afirma que para
«la mayoría de las técnicas sanitarias, la conexión entre intervención
y efecto es hipotética» y que por este motivo «se debe intentar determinar desde un
punto de vista epidemiológico el grado de eficacia de las diversas técnicas utilizadas
para la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad, la terapéutica y la
rehabilitación».53
Los medicamentos constituyen un elemento con características especiales
en el contexto global de la medicina. Y ello por dos razones: en primer lugar, por su papel como parte
de la asistencia médica y, en segundo lugar, por el valor que tiene conocer el modo cómo
son utilizados en la práctica médica.
En primer lugar veamos su papel:
- - los medicamentos son utilizados como herramienta casi
en todas las disciplinas médicas, en los distintos niveles del sistema de atención a la
salud y en diferentes situaciones sanitarias;
- - como resultado final de un proceso de
diagnóstico y decisión, la prescripción refleja la actitud y las esperanzas de un
médico en relación con el curso de una enfermedad;
- - ya que la prescripción es un compromiso entre
dos partes, los medicamentos son el punto de contacto más directo entre las estructuras
sanitarias y sus usuarios y constituyen para el usuario el recuerdo simbólico de su contacto
con el sistema de atención a la salud, y finalmente,
- - ya que simbolizan el deseo y la capacidad de
modificar el curso «natural» de la mayoría de las enfermedades, los medicamentos se
han convertido en un rasgo cultural cuyas implicaciones van más allá de la actividad
terapéutica específica; así, pueden ser considerados como indicadores del
resultado que se espera que obtengan las ciencias biomédicas sobre la enfermedad.
Considérese en segundo lugar la manera cómo los
fármacos son utilizados en la práctica médica y los problemas que su uso
conlleva:
- - los medicamentos se han convertido en una pieza tan
familiar de la práctica médica actual que, más que cualquier otra medida
médica (quizás a excepción de las pruebas diagnósticas), corren el riesgo
de ser utilizados en condiciones no controladas, y en consecuencia de manera incorrecta (demasiado,
demasiado poco, por razones injustificadas como placebos o como sustitutos de un ataque real sobre
problemas complejos y molestos);
- - se ha formado un campo de presión alrededor de
los medicamentos como herramienta terapéutica, que ha tenido su origen en la industria
farmacéutica; esta presión ha afectado a los responsables de la prescripción y a
los usuarios, y ha dado lugar a que el sector farmacéutico se encuentre en una disyuntiva
permanente entre cubrir una necesidad sanitaria real y asegurar una expansión constante del
mercado;
- - cuanto más se desarrollan, como resultado de
la investigación, productos muy potentes que modifican delicadas funciones fisiológicas
y bioquímicas, mayor es la importancia de sus posibilidades yatrogénicas, a consecuencia
de los diversos factores anteriormente enumerados.
El estudio del modo cómo los medicamentos son
pensados, desarrollados, promocionados y después utilizados puede ayudar a caracterizar el mismo
sistema sanitario. El objeto básico del estudio del uso de los medicamentos es conocer su
interacción con el proceso global de la atención a la salud, en el que las enfermedades
son diagnosticadas, seleccionadas para ser tratadas y modificadas en su «curso natural».
Así, los medicamentos forman parte del modo cómo, culturalmente, la salud es asumida en
una sociedad. En consecuencia, los fármacos no sólo deben ser definidos como herramientas
terapéuticas, sino también como puntos de encuentro en los que coinciden los diversos
factores y actores que conducen a su uso o a su evitación. De ahí que los medicamentos
constituyan señales o indicadores de la prevalencia de problemas médicos y de la manera
cómo la comunidad científica y médica interactúa con los usuarios en la
selección de soluciones a través de la intervención farmacológica.
Por otra parte, se conocen poco las circunstancias en las que se emplean los
fármacos cuya eficacia ha sido probada en ensayos clínicos controlados. El conocimiento de
estas circunstancias es de gran utilidad para conocer los determinantes de la efectividad del uso de los
medicamentos (véase la tabla 1-1).
Estas reflexiones sobre la posición de los medicamentos en la
práctica médica explican que no sea sorprendente que el tratamiento farmacológico
se haya convertido desde hace cierto tiempo en un tema extraordinariamente rico de discusión y de
provocación para quienes consideran que las actividades asistenciales deben incluir esfuerzos
permanentes de auto evaluación. Está claro que la tendencia creciente a asegurar la
valoración controlada de los medicamentos, no sólo cuando son introducidos en el mercado
(al menos en los últimos años), sino también en su uso a largo plazo, no es una
casualidad. Comparados con la mayoría de las técnicas médicas, los medicamentos se
han convertido sin duda en objeto de una «vigilancia especial».
DEFINICIONES
La «historia postnatal» de un fármaco
comienza cuando éste es comercializado. En este momento el nuevo producto ha sido sometido a un
estudio experimental. Unas decenas, a veces unos centenares y raramente unos miles de pacientes lo han
recibido. Incluso en la última fase del proceso de desarrollo previo al registro -la fase III o
ensayo clínico controlado-, el fármaco es utilizado en condiciones de rigurosa
supervisión, por un número comparativamente reducido de pacientes, que además no
son plenamente representativos de los futuros usuarios y que reciben el tratamiento en condiciones
diferentes (véase la tabla 1-1).
Por otra parte, la mayoría de los ensayos clínicos anteriores a
la comercialización (en fase III) se realizan con el objetivo principal de justificar y conseguir
el registro de comercialización, y no con el de situar el nuevo producto en terapéutica,
en comparación con otras alternativas (véase la tabla 1-2),54 por lo que son poco útiles para predecir los efectos del nuevo
fármaco en su uso clínico real. Además, las dosis empleadas en estos ensayos e
inicialmente recomendadas son a menudo excesivas55 -basta recordar
los casos de los diuréticos tiacídicos y los bloqueadores β-adrenérgicos en el
tratamiento de la hipertensión, los contraceptivos orales, diversos antiinflamatorios, captopril
o zidovudina-, lo que ha sido causa frecuente de reacciones adversas que podrían haberse
evitado.56 En este contexto, es indiscutible la necesidad de conocer
cómo se usa el fármaco y qué efectos produce en su «vida real».
La definición de utilización de
medicamentos que mejor sirve para nuestros objetivos es la adoptada en un informe de la OMS,
precisamente -y no casualmente- el primero sobre selección de medicamentos esenciales: «la
comercialización, distribución, prescripción y uso de medicamentos en una sociedad,
con acento especial sobre las consecuencias médicas, sociales y económicas
resultantes».57
Con los mismos criterios podríamos proponer inicialmente la siguiente
definición de farmacovigilancia: «la identificación y la
valoración de los efectos del uso, agudo y crónico, de los tratamientos
farmacológicos en el conjunto de la población o en subgrupos de pacientes expuestos a
tratamientos específicos».
Ambas definiciones ilustran las dos facetas complementarías de una
actividad general, cuyo objeto es el seguimiento de la vida de los medicamentos en la comunidad.
Más recientemente se ha definido la
farmacoepidemiología como «el estudio del uso y de los efectos de los
fármacos en números elevados de personas».58
Aunque el término se ha puesto de moda en los últimos años, sobre todo en
círculos de la industria farmacéutica y más particularmente de la norteamericana,
la definición abarca un ámbito más limitado que el de «utilización de
medicamentos», por lo que preferimos esta última.
En cualquier caso, si se pone el acento en la utilización de
medicamentos, el punto de observación es el momento de la prescripción; las principales
características que hay que medir son la pertinencia, la cuantía, la variabilidad y los
costes, a partir de los cuales se pueden extrapolar las consecuencias médicas y sociales. Si se
pone el acento en la farmacovigilancia, el punto de observación lo constituyen los efectos
detectables del medicamento, los cuales, según los objetivos específicos del método
seleccionado, se intentarán relacionar con el tipo y con la intensidad de la exposición.
Ya que hasta ahora estas dos líneas de investigación se han desarrollado de manera
paralela, aunque empleando métodos diferentes, parece recomendable mantener esta
distinción e intentar encontrar la continuidad y la complementariedad en la descripción
operativa que se resume en la tabla 1-3 y que se describe con mayor detalle en los capítulos de
este libro.
Los elementos de análisis hasta aquí comentados constituyen la
base de la definición enunciada en el informe técnico de la OMS anteriormente citado sobre
la relación beneficio/riesgo de un fármaco: «es un medio para
expresar un juicio referente al papel de un fármaco en la práctica médica, basado
en datos sobre eficacia y seguridad, junto a consideraciones sobre la enfermedad en la que se emplea,
etc. Este concepto puede ser aplicado a un solo fármaco o en la comparación entre dos o
más fármacos utilizados para la misma indicación».57
Hay varias publicaciones recientes en las que el lector puede encontrar
información completa sobre el desarrollo, características y aplicaciones de las diversas
actividades en este campo (véanse las referencias generales al final de este
capítulo).
CONCLUSIONES
Podría ser útil comenzar por el final, a partir
de la definición de relación beneficio/riesgo, como clave para comprender e incluso como
consecuencia práctica de un modo determinado de plantear la política de medicamentos, el
que se basa en el concepto de medicamentos esenciales. Aunque algunos autores consideraron inicialmente
que este concepto conduce a una práctica terapéutica de «segunda clase»,59,60 no hay que olvidar que la selección de medicamentos es un
ingrediente necesario de la práctica médica: piénsese por ejemplo en las listas
restringidas de medicamentos de los hospitales más prestigiosos, o en el número más
limitado de medicamentos comercializados en países «sanitariamente
desarrollados».
El concepto de medicamentos esenciales -con lo que implica de
mejor conocimiento de los efectos de los fármacos que se usan- constituye un componente
básico de la investigación en farmacología clínica y en consecuencia es un
instrumento imprescindible para mejorar el impacto de esta última sobre la calidad de la
práctica médica61,63 (véanse los
Capítulos 2 y 3).
El Informe Técnico n.º 615 de la OMS da una idea muy precisa del
papel de la evaluación de los medicamentos, al menos si se aceptan sus términos de
referencia. Éstos son la consideración de las prioridades sanitarias y de las necesidades
de una población, el diagnóstico de sus problemas sanitarios, la evaluación de los
recursos disponibles, la puesta en marcha de estudios de utilización de medicamentos y de
farmacovigilancia, la educación de los prescriptores y de los consumidores y finalmente el uso
óptimo de los recursos financieros. En esta perspectiva, es el ángulo positivo de la
verificación y de la cuantificación de los efectos farmacológicos (la actividad
hasta ahora menos desarrollada) el que resulta más favorecido, mucho más que la vigilancia
del uso inadecuado o de los riesgos de un uso correcto. La epidemiología del medicamento consiste
pues en el estudio descriptivo del uso de los recursos terapéuticos famacológicos,
así como en el análisis de sus efectos, en términos de beneficios, efectos
indeseables y coste.
La epidemiología del medicamento se ha desarrollado como disciplina con
entidad propia en los últimos años. Durante este tiempo no ha dejado de ir
acompañada de una carga -variable según el problema, según el protagonista (ya
fuera una persona o grupo, ya fuera un medicamento) y según los métodos- de sospechas y de
dudas. Además, se ha configurado como una parte no sólo integrante, sino básica de
la farmacología clínica, sobre la que debe ejercer una fuerte influencia en la
determinación de sus campos de interés, métodos de trabajo y objetivos
investigadores y docentes.
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